God’s Rhythm

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As children of God, our ultimate destiny is to become like Jesus and behold Him in all His glory. This hope of His return motivates us to live lives of purity and righteousness. Let’s explore this concept as we delve into 1 John 3:2-3 which reads:

“Beloved, now we are children of God; and it has not yet been revealed what we shall be, but we know that when He is revealed, we shall be like Him, for we shall see Him as He is. And everyone who has this hope in Him purifies himself, just as He is pure.”

These words from the apostle John remind us of the incredible destiny we have as children of God. We are not only called to be saved and forgiven, but also to be transformed into the likeness of Jesus Christ. Though we do not fully grasp what we will become, we have the assurance that when Jesus is revealed, we shall be like Him. What a glorious promise!

This hope of becoming like Jesus and beholding Him in all His glory should ignite a passion within us to live lives that reflect His purity and righteousness. It is not a passive hope but an active force that drives us to pursue holiness. We are called to purify ourselves, just as He is pure.

Living a life of purity and righteousness does not mean perfection or self-righteousness. It is a journey of surrendering ourselves to the transforming work of the Holy Spirit within us. It involves aligning our thoughts, attitudes, and actions with the teachings of Jesus and allowing His grace to empower us to walk in obedience.

The rhythm of God’s plan for our lives is one of continual growth and transformation. We are not stagnant, but ever-evolving into the likeness of Christ. It is a lifelong journey of surrender, renewal, and growth. As we yield to the Holy Spirit and allow Him to mold us, we become more like Jesus in our character, attitudes, and actions.

The hope of Jesus’ return reminds us of the urgency and significance of living in purity and righteousness. It encourages us to prioritize the eternal over the temporal, to set our minds on things above rather than being consumed by the things of this world. Our hope in Him compels us to live differently, to be a light in the darkness, and to bring His love and truth to those around us.

In this rhythm of God’s plan, we also find comfort and encouragement. We may face challenges, struggles, and moments of doubt, but our hope in Christ sustains us. It reminds us that this world is not our final destination, and that one day, we will be with Him in all His glory. This hope fills our hearts with joy, peace, and perseverance as we navigate the ups and downs of life.

So let us embrace the rhythm of God’s plan for our lives. Let us fix our eyes on Jesus, the author, and perfecter of our faith. Let us eagerly anticipate His return and the transformation that awaits us. And as we do, may the hope of becoming like Him motivate us to live lives of purity, righteousness, and love.

Remember, this journey of becoming like Jesus is not a solitary one. We are surrounded by a community of believers who can support, encourage, and hold us accountable. Let us walk together, growing in God’s rhythm, and spurring one another on toward love and good deeds.

El Ritmo de Dios

Como hijos de Dios, nuestro destino final es llegar a ser como Jesús y contemplarlo en toda Su gloria. Esta esperanza de Su regreso nos motiva a vivir vidas de pureza y rectitud. Exploremos este concepto a medida que profundizamos en 1 Juan 3:2-3 que dice:

“Amados, ahora somos hijos de Dios; y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es. Y todo el que tenga esta esperanza en Él lo purifica a sí mismo, así como Él es puro”.

Estas palabras del apóstol Juan nos recuerdan el increíble destino que tenemos como hijos de Dios. No solo estamos llamados a ser salvos y perdonados, sino también a ser transformados a la semejanza de Jesucristo. Aunque no comprendemos completamente en qué nos convertiremos, tenemos la seguridad de que cuando Jesús se manifieste, seremos como Él. ¡Qué gloriosa promesa!

Esta esperanza de llegar a ser como Jesús y contemplarlo en toda Su gloria debe encender una pasión dentro de nosotros para vivir vidas que reflejen Su pureza y justicia. No es una esperanza pasiva sino una fuerza activa que nos impulsa a buscar la santidad. Estamos llamados a purificarnos, así como Él es puro.

Vivir una vida de pureza y rectitud no significa perfección ni fariseísmo. Es un camino de entrega a la obra transformadora del Espíritu Santo en nosotros. Implica alinear nuestros pensamientos, actitudes y acciones con las enseñanzas de Jesús y permitir que Su gracia nos capacite para caminar en obediencia.

El ritmo del plan de Dios para nuestras vidas es de continuo crecimiento y transformación. No estamos estancados, sino en constante evolución a la semejanza de Cristo. Es un viaje de por vida de entrega, renovación y crecimiento. A medida que nos rendimos al Espíritu Santo y permitimos que Él nos moldee, nos volvemos más como Jesús en nuestro carácter, actitudes y acciones.

La esperanza del regreso de Jesús nos recuerda la urgencia y el significado de vivir en pureza y justicia. Nos anima a priorizar lo eterno sobre lo temporal, a poner nuestra mente en las cosas de arriba en lugar de ser consumidos por las cosas de este mundo. Nuestra esperanza en Él nos impulsa a vivir de manera diferente, a ser una luz en la oscuridad y a llevar Su amor y verdad a quienes nos rodean.

En este ritmo del plan de Dios encontramos también consuelo y aliento. Podemos enfrentar desafíos, luchas y momentos de duda, pero nuestra esperanza en Cristo nos sostiene. Nos recuerda que este mundo no es nuestro destino final y que un día estaremos con Él en toda Su gloria. Esta esperanza llena nuestros corazones de alegría, paz y perseverancia mientras navegamos por los altibajos de la vida.

Así que abracemos el ritmo del plan de Dios para nuestras vidas. Fijemos nuestra mirada en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe. Anticipemos ansiosamente Su regreso y la transformación que nos espera. Y mientras lo hacemos, que la esperanza de llegar a ser como Él nos motive a vivir una vida de pureza, rectitud y amor.

Recuerda, este viaje de llegar a ser como Jesús no es solitario. Estamos rodeados por una comunidad de creyentes que pueden apoyarnos, alentarnos y hacernos responsables. Caminemos juntos, creciendo al ritmo de Dios, estimulándonos unos a otros hacia el amor y las buenas obras.

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